viernes, 24 de octubre de 2008

Fabula corrupta, o cuento argentino…?

“La materia fecal tarde o temprano flota y se une” (Abel Desestress)

-Tiririrí… tirirí… Fulano respondió el celular al ver en pantalla el nombre de Mengano, un militante político al que conocía desde hace varios años.
Tras los saludos, las felicitaciones de rigor y los ofrecimientos de apoyo incondicional, Mengano le pidió que, por favor, recibiera a Zutana en su despacho al frente de la entidad estatal X, donde Fulano acababa de ser nombrado días atrás.
Llamadas similares había recibido por decenas. En este caso, imaginó que algún tema político o laboral la desconocida Zutana pretendía exponerle durante esa cita gestionada a través de la “palanca” de Mengano.
Por su experiencia en cargos públicos, más se inclinaba por lo segundo que por lo primero. De hecho, en su escritorio tenía una enorme y creciente torre de currículos, tanto de “recomendados” como de espontáneos que se le acercaban a pedir un empleo o un trabajo, dependiendo del caso.
Cuando Zutana se apareció en su oficina, le impactó su estampa y soltura. Era una belleza natural complementada con un maquillaje perfecto, ni mucho ni poco.
Vestido de taller, lo suficientemente corto y ajustado para confirmar muchas horas de gimnasio en sus muslos, de los cuales el izquierdo tenía raíz en un tobillo tan fino como la cadenita dorada que lo rodeaba, en armonía perfecta con el bronce depilado. Tacones de 12 centímetros que se le aproximaron a paso firme, como firme fue el apretón de manos que antecedió aquel desagradable diálogo.
-Muchas gracias por recibirme. Su amigo Mengano le mandó muchos saludos.
-Se los retorna, por favor. Dígame en qué puedo servirle.
-Bueno, fíjese. Voy a ser breve, porque sé que usted está muy ocupado. Yo trabajo como asesora financiera y deseo ofrecerle mis servicios.
-Tirirí… tirirí… Una llamada importante los interrumpió.
Zutana aprovechó para darle una mirada de ventilador al desorden de papeles, carpetas y libros que caotizaba aquella oficina, tan similar a muchas otras que su trabajo le obligaba a visitar entre una y otra sesión de pilates.
“Ya me imaginaba que esta Jennifer López no venía a buscar trabajo en un organismo público”, pensó Fulano en un microsegundo, mientras atendía la llamada telefónica.
-Disculpe la interrupción, por favor… Usted sabe cómo es esta dinámica.
-Claro, no se preocupe. Le decía que soy asesora financiera y vengo a ofrecerle mis servicios.
Fulano ya había decidido darle cuerda: -Aja, ¿y en qué consisten sus servicios?
-Bueno, mi trabajo es asesorar a personas importantes como usted, que dirigen instituciones con presupuestos elevados, para recomendarles la colocación de ese dinero en los bancos que le ofrecen las mejores condiciones del mercado. La misma asesoría la ofrecemos en materia de seguros. Sabemos que ustedes tienen contratada la póliza HCM de sus empleados con la empresa tal, pero…
No escapó a Fulano el que Zutana, mientras cruzaba las piernas, había cambiado el singular por el plural en primera persona. El “yo” dio paso a un indefinido “nosotros”.-Bueno, la verdad… –intentó Fulano poner término a la conversación sobre cuyo desenlace no abrigaba ya ninguna duda.
-Disculpe, permítame un segundo. También tenemos información de que este organismo mantiene cuentas en los bancos equis, ye y zeta. En concreto, le ofrecemos traspasarlas al banco doblevé, que tiene tales y cuales ventajas. Por este traspaso, el banco está dispuesto a recompensarlo con el dos por ciento de los intereses que devenguen esos depósitos.
-¿Recompensar? ¿A quién? Imagino que al organismo…
-No, a usted, claro está. O a la persona que usted designe. Garantizamos absoluta confidencialidad.
-Mire, señorita, usted me está ofendiendo.
Fulano se había levantado de su asiento y Zutana, mientras se incorporaba, replicó contrariada: -Me dijo Mengano que podíamos hablar con plena franqueza.
-Dígale a Mengano que conmigo se equivocó. Hágame el favor y retírese inmediatamente.
-Caramba, no imaginé que usted reaccionaría de esa manera. No le estoy planteando nada anormal.
-Será normal para otros, pero no para mí.
Aquel par de muslos bronceados se alejaron del escritorio y tomaron rumbo hacia la puerta del despacho, sin apretón de manos ni un “muchas gracias por su tiempo”.
La asesora financiera sólo atinó a balbucear: -Le pido por favor que no diga nada sobre esta conversación.
Sólo una mirada fulminante obtuvo por respuesta।

Ernesto Villegas